Fundador
Bratney Ayala
Especialista en inteligencia artificial, filmmaker y diseñador de marca.
AIMA nació de una idea sencilla: los negocios pequeños se merecen el mismo nivel visual que las marcas grandes, sin pagar lo que cobra una agencia por reunirse consigo misma. Así que monté la startup para hacerlo todo desde dentro — la marca, la cámara, el código y la conversación con el cliente.
Cada línea de esta web está escrita a mano, cada escena de la mascota dibujada píxel a píxel y cada automatización montada y probada antes de ofrecértela. Si algo no lo sé hacer, te lo digo. Y si no te renta, también.
Cuando empecé a montar el trabajo sobre agentes de IA di por hecho que el problema iba a ser la capacidad de los modelos. No lo fue ni una sola vez. Lo que se rompía siempre era otra cosa, y siempre la misma: nadie sabía quién decía qué, y lo que se aprendía un martes no estaba en ninguna parte el jueves.
Un agente resolvía un problema y a la semana otro lo resolvía otra vez, distinto. A un modelo le faltaba un dato y lo rellenaba con algo plausible, escrito con la misma seguridad que lo verificado — y tres semanas después ya no se distinguían. El mismo precio vivía en dos documentos y se separaban solos en cuanto alguien arreglaba uno. Y cada vez que creaba un departamento nuevo, que costaba media hora, dejaba de conectar el anterior, que costaba una tarde.
Ninguno de esos cuatro es un problema de software. Son problemas de convivencia, y llevamos siglos resolviéndolos fuera del ordenador: por eso existen los registros civiles, las aduanas, los catastros y los archivos municipales. Así que dejé de tratar el sistema como un programa y empecé a tratarlo como un territorio. Tiene constitución. Tiene un censo que no describe sino que autoriza. Tiene código postal, aduanas para cruzar de bloque y registro civil: ningún agente entra en producción sin acta de nacimiento.
La diferencia con un mundo virtual de agentes es que allí la ciudad es una vista: la apagas y los agentes siguen trabajando. Aquí no. Borra el censo y el sistema deja de poder crear nada, porque no hay quien autorice el código. La analogía no ilustra el sistema — es la infraestructura del sistema.
Lo que salió de ahí son los cinco males de un ecosistema agéntico y cómo se gobiernan, y la arquitectura completa con la que AIMA lleva 29 departamentos. No es código: es una tesis. El código la IA lo replica y lo mejora; el criterio para mejorarlo, no.
Utopía — el software donde vive todo esto — no se enseña. Ni capturas ni demo. Se nombra aquí porque forma parte de lo que soy y porque prefiero decir que existe y no enseñarlo, antes que enseñar algo a medias.